Los CrÃmenes del amor
Los CrÃmenes del amor —Hijo mÃo —decÃa un dÃa Carlo a Antonio—, la verdadera felicidad no está en absoluto donde os dicen; ¿qué esperáis de ese vano esplendor del partido de las armas, al que vuestro tÃo quiere induciros? Ese prestigio adquirido por la gloria es como esos fuegos fatuos que engañan al viajero; seduce la imaginación y no aporta la menor voluptuosidad a los sentidos. Sois bastante rico, hijo mÃo, para prescindir del trono; dejad a los Médicis el fatigoso peso del imperio; el segundo del Estado siempre es más feliz que el primero; rara vez los mirtos del Amor crecen a los pies del laurel de Marte. ¡Ah!, amigo mÃo, una caricia de Cipris vale mil veces más que todas las palmas de Belona[98], y no es en los campos de batalla donde la voluptuosidad nos encadena, el ruido de las armas la asusta; el celo y el valor, esas fanáticas virtudes del hombre salvaje, curten nuestra alma contra las seducciones del placer, la privan de esa blandura deliciosa tan adecuada para disfrutarlo. Ha hecho uno el oficio de un bárbaro, está uno inscrito en fastos que nadie leerá jamás, y se han abandonado las rosas del templo de Citerea[99], prefiriéndole el de la Inmortalidad, donde sólo se cosechan espinas. Vuestra fortuna sobrepasa la de cualquier ciudadano; todos los placeres van a rodearos, no tendréis más estudio que su elección, ¿y por las preocupaciones del cetro renunciáis a tantos atractivos? En medio de los sinsabores de la administración, ¿dispondréis siquiera de una hora para vuestras diversiones? ¿Y nacemos para preocupaciones distintas a las del placer? ¡Ah!, créeme, querido Antonio, la púrpura está lejos de los encantos que se le suponen; si queremos conservar su esplendor, perdemos en enojosas preocupaciones los más bellos instantes de la vida; si olvidamos realzarla, no tardan en envilecerla quienes nos envidian; sus manos nos arrancan un cetro que las nuestras ya no pueden sostener; y asÃ, siempre entre el fastidio de reinar y el temor a no ser dignos, llegamos al borde de la tumba sin haber conocido goces; una noche oscura nos envuelve entonces como al último de nuestros súbditos, y, para sobrevivir a ella, hemos sacrificado locamente lo que sin lograrlo nos hunde en ella, con el desgarrador remordimiento de haberlo perdido todo por meras ilusiones.