Los Crímenes del amor

Los Crímenes del amor

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Estas minas, el mayor recurso del Estado durante mucho tiempo, no tardaron en caer bajo dependencia de los ingleses debido a las deudas contraídas por los propietarios con esa nación, siempre dispuesta a servir a los que imagina poder tragarse un día después de haber perturbado su comercio o debilitado su poder mediante préstamos usurarios.

Una vez en Taperg, mi imaginación empezó a trabajar antes de descender a esos subterráneos donde el lujo y la avaricia de algunos hombres saben enterrar a tantos otros.

Recién llegado de Italia, imaginaba al principio que aquellas canteras debían parecerse a las catacumbas de Roma o de Nápoles; me equivocaba: por ser mucho más profundas debía encontrar en ellas una soledad menos espantosa.

En Upsala me habían dado, para guiarme, un hombre muy instruido que cultivaba las letras y las conocía bien. Por suerte para mí, Falkeneim (ése era su nombre) hablaba a la perfección el alemán y el inglés, únicos idiomas del Norte que me permitían tratar con él; mediante la primera de esas lenguas, que ambos preferíamos, pudimos conversar sobre todos los temas, y me fue fácil saber por él la historia que enseguida voy a contar.


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