Los CrÃmenes del amor
Los CrÃmenes del amor —Señor duque —responde Juliette—, no imaginaba que la fidelidad de un hombre que ha servido tan bien bajo vuestras órdenes, que ha estado en muchos combates a vuestro lado, y cuyos sentimientos y valor debéis conocer, pudiera volverse nunca sospechosa para vos.
—Las nuevas opiniones han corrompido las almas; ya no reconozco el corazón de los franceses; todos han cambiado de carácter al adoptar esos errores culpables.
—No imaginéis nunca que por haber liberado vuestro culto de todas las inepcias con que viles impostores osaron mancillarla, hemos de volvernos nosotros menos susceptibles con virtudes que nos vienen de la naturaleza. La primera de todas en el corazón de un francés es el amor a su paÃs: no se pierde, señor, esa sublime virtud por haber llevado a mayor candor y sencillez la manera de servir al Eterno.
—Conozco todos vuestros sofismas, Juliette; bajo esas falsas apariencias de virtudes disimuláis todos los vicios más de temer en un Estado; y en este momento sabemos que no pretendéis nada menos que derribar la administración actual, coronar a uno de vuestros jefes y trastornarlo todo en Francia.