Los Crímenes del amor

Los Crímenes del amor

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Nuestra heroína aprovechó esta demora para examinar secretamente la plaza y para entregar sus cartas al príncipe de Condé, que, más circunspecto que nunca en Amboise, y no haciendo otra cosa que disimular, recomendó a Juliette, en interés común, evitarle cuanto pudiera y ocultar sobre todo, con el mayor cuidado, que le hubiesen encargado de alguna negociación con él. Contando con la palabra del duque, Juliette mandó decir a su padre que contemporizase. El barón la creyó, e hizo mal. Mientras tanto, La Renaudie, cuyo fervor y actividad hemos visto anteriormente, perdió por desgracia la vida en el bosque de Chateau-Renaud[7]. Se encontró todo en los papeles de La Bigne, su secretario; y el duque, más al corriente desde entonces sobre la realidad de los proyectos del barón de Castelnau, convencido de que las gestiones de Juliette no eran más que un juego, con el designio, más que nunca, de conservarla a su lado, se decidió finalmente a obligarla a explicarse y a no actuar en favor o en contra de su padre, sino en razón de lo que respondiese la hija. La manda llamar:

—Juliette —le dice con aire sombrío—, cuanto acaba de ocurrir me convence suficientemente de que las disposiciones de vuestro padre están muy lejos de ser aquellas cosas con las que os ha pedido que me convenzáis; los papeles de La Renaudie nos lo dicen. ¿Para qué me serviría presentaros a la reina? ¿Y qué osarías decir a esa princesa?


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