Los Crímenes del amor
Los Crímenes del amor Empezó reprochándole con dulzura haberse defendido contra las tropas del rey, y le dijo amablemente que, cuando se estaba tan seguro de vencer, era doblemente punible el proyecto de rebelión. Juliette se ruborizó; aseguró al duque que su padre y ella estaban muy lejos de haber sido los primeros en tomar las armas; y que creía que a todo el mundo le estaba permitido defenderse cuando uno es injustamente atacado. Renovó sus más vivas instancias para obtener permiso de ser presentada a la reina. El duque, que quería conservar en Amboise el mayor tiempo posible al conmovedor objeto de su nueva pasión, le dijo que sería difícil hasta dentro de unos días. Juliette, que preveía lo que iba a emprender su padre si ella no tenía éxito, insistió. El duque se mantuvo firme, y la mandó a casa del conde de Sancerre, asegurándole que la avisaría en cuanto pudiera hablar con Médicis.