Los Crímenes del amor
Los Crímenes del amor En esa interesante estación del año en que la naturaleza parece despedirse de nosotros colmándonos con sus dones, en que sus infinitos cuidados hacia nosotros no cesan de multiplicarse durante varios meses para prodigarnos cuanto puede hacernos esperar en paz el retorno de sus primeros vapores, en esa época en que los habitantes del campo se tratan más, debido a la caza, la vendimia o alguna otra de esas ocupaciones tan dulces para quien aprecia la vida rural y de tan poco valor para esos seres fríos e inanimados, embotados por el lujo de las ciudades, desecados por su corrupción que de la sociedad sólo conocen los dolores o las minucias, porque esa franqueza… ese candor… esa dulce cordialidad que estrechan tan deliciosamente los lazos sólo se encuentran en los habitantes del campo (parece que sólo bajo un cielo puro pueden serlo también los hombres, y que esas exhalaciones tenebrosas, que cargan la atmósfera de las grandes ciudades, corrompen asimismo el corazón de los desdichados cautivos que se condenan a no salir de su recinto), en el mes de septiembre, en fin, Dorgeville planeó visitar a un vecino que le había acogido cuando llegó a la provincia, y cuya alma dulce y compasiva parecía avenirse con la suya.