Los CrÃmenes del amor
Los CrÃmenes del amor ¡Vamos!, ¿quién merecÃa más que Amélie los momentos que Monrevel robaba a Marte? La pluma escaparÃa a quien quisiera describirla… En efecto, ¿cómo esbozar ese talle fino y ligero del que cada movimiento era una gracia, aquella figura fina y deliciosa de la que cada rasgo era un sentimiento? Pero ¡cuántas más virtudes embellecÃan aún a la celestial criatura llegada apenas a su cuarto lustro!… El candor, la humanidad… el amor filial… era imposible decir, en fin, si eran las cualidades de su alma o los atractivos de su figura lo que le unÃa a Amélie con lazos más seguros.
Pero, ¡ay!, ¿cómo era posible que una muchacha semejante hubiera recibido la vida en el seno de una madre tan cruel y de un carácter tan peligroso? Bajo una figura todavÃa bella, bajo unos rasgos nobles y majestuosos, la condesa de Sancerre ocultaba un alma envidiosa, autoritaria, vindicativa y capaz, en una palabra, de todos los crÃmenes a los que pueden arrastrar esas pasiones.
Demasiado célebre en la corte de Borgoña por el relajamiento de sus costumbres y por sus galanterÃas, eran muy pocas las penas con que no hubiera abrumado a su esposo.