Los CrÃmenes del amor
Los CrÃmenes del amor —¡Hiere! —dice la condesa desvariando—, ¡hiere, aquà tienes mi pecho! ¿Crees que adoro la vida cuando se me ha quitado para siempre la esperanza de poseerte? He querido vengarme, he querido deshacerme de una rival odiosa; no pretendo sobrevivir a mi crimen más que a mi desesperación. Pero que sea tu mano la que me quite la vida; quiero perderla por tus golpes… ¡Y bien!, ¿qué te detiene?… ¡Cobarde!, ¿no te he ultrajado bastante?… ¿Qué puede contener tu cólera? Enciende la antorcha de la venganza en esa sangre preciosa que te he hecho derramar, y no perdones a la que debes odiar sin que ella pueda dejar de adorarte.
—¡Monstruo! —exclamó Monrevel—, no eres digna de morir… no estarÃa vengado… Vive para horrorizar a la tierra, vive para que te desgarren los remordimientos. Todo lo que respira debe conocer tus horrores y despreciarte; es preciso que, en todo instante, asustada de ti misma, te sea insoportable la luz del dÃa. Pero has de saber al menos que tus infamias no me quitarán a la que adoro… Mi alma va a seguirla a los pies del Eterno; los dos le invocaremos contra ti.
Tras estas palabras, Monrevel se apuñala, y se lanza de tal modo al entregar los últimos suspiros entre los brazos de la que adora, la abraza con tanta violencia que ningún esfuerzo humano pudo separarlos.