Cuentos de humor negro
Cuentos de humor negro Stoner se circunscribió estrictamente a las partes de la casa que parecían haberle sido asignadas por un tácito tratado de deslinde. Cuando participaba en las tareas de la granja, lo hacía como alguien que recibía órdenes, sin tomar nunca la iniciativa. El viejo George, la yegua roana y el cachorro de Bowker eran sus únicas compañías en un mundo que por lo demás se le mostraba frío, silencioso y hostil. No veía a la dueña de la granja. Cierta vez, al enterarse de que había ido a la iglesia, realizó una visita furtiva a la sala con el objeto de obtener algún conocimiento fragmentario del joven cuyo lugar había usurpado y cuya mala fama se había echado sobre sus espaldas. Había numerosas fotografías colgadas en las paredes o pegadas en marcos austeros, pero la imagen que buscaba no estaba entre ellas. Por fin, en un álbum escondido, encontró lo que buscaba. Había una serie completa bajo el rótulo de «Tom»: un niñito regordete de tres años, con una túnica de fantasía; un desgarbado muchacho de unos doce años que sostenía, como si le repugnara, un bate de críquet; un joven de dieciocho, bastante bien parecido, de pelo muy liso y partido a la mitad; y, por último, un hombre joven, de semblante más bien hosco y atrevido. Stoner miró con especial interés este último retrato; el parecido era innegable.