Cuentos de humor negro

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Sólo pasada una semana, cuando hubo agotado los encantos de los paseos por los bosques alrededor de Yessney, se atrevió Sylvia a dar una vuelta de inspección a los edificios de la finca. Cuando pensaba en el corral de una granja se imaginaba una escena de alegre trajín, con vasijas de batir mantequilla, máquinas trilladoras y sonrientes lecheras, y tiros de caballos que bebían hundidos hasta las rodillas en estanques repletos de patos. Al pasearse entre los sombríos y grises edificios de la granja de Yessney, su primera impresión fue la de una aplastante quietud y abandono, como si hubiera dado con una heredad desierta, entregada hace tiempo a los búhos y las telarañas; y después presintió algo así como el acecho de una furtiva hostilidad, la misma sombra de cosas nunca vistas que parecía agazaparse en las boscosas cañadas y entre los matorrales. Del otro lado de las gruesas puertas y ventanas cerradas le llegaba el inquieto pisoteo de unos cascos o el chirrido de un cabestro metálico, y a veces el bramido amortiguado de una res encerrada. Desde una esquina lejana un perro astroso la miraba fijamente con ojos enemigos; al acercarse ella, se escabulló en silencio a su perrera; y volvió a salir con el mismo sigilo cuando pasó de largo. Unas cuantas gallinas que escarbaban al pie de un almiar escaparon por debajo de un portillo a su llegada. Sylvia tenía la sensación de que si se hubiera topado con algún ser humano en esas soledades de graneros y establos, éste habría volado como un espectro ante sus ojos. Por fin, al doblar rápidamente una esquina, dio con un ser viviente que no huyó de ella. Tendida en un lodazal había una enorme cerda cuyo portentoso volumen sobrepasaba los más disparatados cálculos de robustez porcina que hubiera hecho aquella ciudadana, y que al punto se dispuso a sentirse agraviada y si era necesario a repeler la inusual intrusión. Le llegó el turno a Sylvia de batirse en discreta retirada. Mientras se abría paso entre almiares y establos y largos muros blancos, se vio sobresaltada de repente por un sonido extraño: el eco de una risa infantil, una voz argentina y ambigua. A Jan, el único niño empleado de la granja, un patán pelirrubio y de rostro marchito, podía divisarlo trabajando en un sembrado de papas, a media loma de la colina más cercana; y Mortimer, cuando lo interrogó al respecto, dijo no saber de otro probable o posible sospechoso de la broma anónima que le habían jugado mientras retrocedía. El recuerdo de aquel eco imposible de ubicar se sumó a sus otras sensaciones de que «algo» furtivo y siniestro merodeaba alrededor de Yessney.


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