Cuentos de humor negro

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EL CUENTISTA

ERA UNA TARDE calurosa, en el vagón del tren pacía el correspondiente bochorno y la próxima parada sería en Templecombe, a casi una hora de camino. Los ocupantes del coche eran una niñita, otra todavía más pequeña y un niño. Una tía, propiedad de estos niños, ocupaba un puesto de esquina; y en el otro extremo, al frente, había un solterón ajeno al grupo. Pero lo cierto es que las niñitas y el niño ocupaban rotundamente aquel compartimiento. Tanto la tía como los niños eran locuaces de una manera limitada e insistente, que hacía recordar las cortesías de una mosca que se rehúsa a ser disuadida. La mayoría de las observaciones de la tía parecían comenzar con un «¡No!», y casi todas las de los niños con un «¿Por qué?». El solterón no decía nada en voz alta.

—¡No, Cyril, no! —exclamó la tía, al ver que el niño empezaba a dar palmadas a los cojines del asiento, levantando una nube de polvo a cada golpe—. Ven a mirar por la ventanilla —agregó.

El niño se acercó con desgano a la ventanilla.

—¿Por qué están sacando las ovejas de ese campo? —preguntó.

—Me imagino que las llevan a otro con más hierba —dijo la tía, no muy convincente.

—¡Pero si hay montones de hierba en ese campo! —protestó el niño—. Allá no hay nada más que hierba. Tía, ¡hay montones de hierba en ese campo!


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