Cuentos de humor negro
Cuentos de humor negro En un estante de un viejo aparador, en compañía de salseras desportilladas, jarras de peltre, ralladores de queso y facturas pagadas, descansaba una raída biblia que tenía anotado en la portada el desteñido registro de un bautismo fechado noventa y cuatro años atrás. «Martha Crale» rezaba el nombre escrito en la página amarillenta. Y la amarillenta y arrugada anciana que rengueaba y hablaba entre dientes por toda la cocina, parecida a una hoja marchita que los vientos de invierno siguen soplando de un lado para otro, alguna vez había sido Martha Crale. Durante setenta y pico de años había sido Martha Mountjoy. Nadie podía recordar por cuántos años había andorreado de acá para allá entre el horno, el lavadero y la lechería, o salido al gallinero y al jardín, rezongando, murmurando y riñendo, pero trabajando sin parar. Emma Ladbruk, a cuyo arribo le había prestado tanta atención como a una abeja errante que entrara por la ventana en un día de verano, la miraba al principio con una especie de temerosa curiosidad. Era tan vieja y tanto hacía parte del lugar que costaba decir con precisión que fuera un ser animado. El viejo Shep, un pastor escocés de hocico blanco y miembros entumidos, cuyas horas estaban ya contadas, casi parecía más humano que aquella anciana mustia y seca. Había sido un cachorrito bulloso y juguetón, desbordante de alegría de vivir, cuando ella era ya una anciana de pasos inseguros; y ahora era un cadáver vivo y ciego, nada más, y ella todavía trabajaba con frágil tesón, todavía barría, horneaba y lavaba, traía y llevaba. Si algo había en esos sabios perros viejos que no pereciera del todo con la muerte, solía meditar Emma, cuántas generaciones de perros fantasmas debía de haber afuera en las colinas, criadas, atendidas y despedidas en la hora final por Martha en aquella cocina. Y cuántos recuerdos debía de guardar de las generaciones humanas que habían muerto en sus días. Le resultaba difícil a cualquiera, y mucho más a una extraña como Emma, hacerla hablar de los tiempos pasados. Sus palabras, chillonas y cascadas, se referían a puertas que habían dejado sin seguro, baldes extraviados, terneros a los que ya era hora de alimentar, y a las diversas faltas y omisiones que salpican la rutina de una granja. De cuando en cuando, llegada la fecha de elecciones, desempolvaba los recuerdos de los viejos nombres que libraran antaño esas contiendas. Había habido un Palmerston, muy sonado por los lados de Tiverton. Tiverton no quedaba muy lejos a vuelo de pájaro, pero para Martha era casi otro país. Después vinieron los Northcotes, los Aclands y muchos otros nuevos apellidos que había olvidado ya. Los nombres cambiaban, pero se trató siempre de liberales y conservadores, de amarillos y azules. Y siempre se pelearon a los gritos sobre quién estaba en lo correcto y quién no. Por el que más se pelearon había sido un viejo y distinguido caballero de expresión colérica… recordaba haber visto su retrato en las paredes; y en el piso también, con una manzana podrida y aplastada encima, pues en la granja se cambiaba de política de tiempo en tiempo. Martha nunca había estado de un lado o de otro; ninguno de «ellos» había beneficiado para nada a la granja. Este era su veredicto general, dictado con toda la desconfianza de una campesina por el mundo exterior.