Cuentos de humor negro

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—Ese animal no es digno de confianza —dijo Teresa, mientras le tendía a su agitada huésped una taza de té—. No recuerdo si le pones azúcar. Supongo que la vida solitaria que lleva aquí le agrió el carácter. Hay muffins en la parrilla. No es culpa mía; hace tiempos que trato de encontrarle pareja. No sabrán de alguien que tenga un alce hembra en venta o cambio, ¿no? —preguntó en forma general.

Pero la señora Yonelet no estaba de humor para oír hablar de matrimonios de alces. El casamiento de dos seres humanos era el tema predominante en su cabeza, y la oportunidad de promover su proyecto favorito era demasiado valiosa para dejarla pasar por alto.

—¡Teresa —exclamó con grandilocuencia—, hora que esos dos jóvenes han sido reunidos en forma tan dramática, nada podrá volver a ser lo mismo entre ellos! Bertie ha hecho más que salvarle la vida a Dora: se ha ganado su afecto. No puedo menos que pensar que el destino los ha consagrado al uno para el otro.

—Es exactamente lo mismo que dijo la esposa del pastor cuando Bertie salvó a Sybil del alce hace dos años —comentó Teresa, en calma—. Y a ella le señalé que había salvado a Mirabel Hicks del mismo apuro unos meses antes, y que la prioridad en realidad le tocaba al hijo del jardinero, que había sido salvado en enero de aquel año. Hay mucha monotonía en la vida rural, ya ves.


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