Cuentos de humor negro
Cuentos de humor negro —El animal parece ser muy peligroso —dijo uno de los huéspedes.
—Eso dijo la señora del jardinero —observó Teresa—. QuerÃa que yo me deshiciera de él, pero le hice notar que ella tenÃa once niños y yo un solo alce. También le regalé una falda de seda negra; andaba diciendo que, aunque no habÃa habido un luto en su familia, se sentÃa como que sà lo hubiera habido. De todos modos nos despedimos como amigas. No te puedo ofrecer una falda de seda, Emily, pero puedes tomarte otra taza de té. Como ya dije, hay muffins en la parrilla.
Teresa concluyó la discusión, tras habérselas arreglado hábilmente para transmitir la impresión de que consideraba que la mujer del jardinero se habÃa mostrado harto más razonable que las madres de otras vÃctimas embestidas por el alce.
—Teresa no tiene sentimientos —dijo después la señora Yonelet a la esposa del pastor—. ¡Mira que quedarse ahà sentada, hablando de muffins, cuando nos acabábamos de librar por un pelo de una horrible tragedia!
—Ya sabrás, desde luego, con quién quiere ella que se case Bertie —dijo la esposa del pastor—. Yo lo noté desde hace dÃas: con la institutriz alemana de los Bickelby.
—¡Una institutriz alemana! ¡Qué ocurrencia! —exclamó la señora Yonelet, boquiabierta.