Cuentos de humor negro
Cuentos de humor negro Cierto domingo —probablemente de Resurrección, pues el hacinamiento era peor que nunca— me encontraba otra vez apiñado entre la multitud que escuchaba la música en la iglesia parisina de moda, y otra vez el bolso de limosnas se abrÃa paso a través de la marejada humana. Detrás de mà habÃa una dama inglesa que en vano trataba de hacer llegar una moneda al apartado bolso, de modo que tomé la moneda a petición suya y le ayudé a alcanzar su destino. Era una pieza de dos francos. Se me ocurrió de pronto una idea brillante: dejé caer sólo mi sou en el bolso y deslicé la moneda de plata en mi bolsillo. Les quité asà los dos francos de Laploshka a los pobres, que nunca debieron haber recibido ese legado. Mientras retrocedÃa para alejarme de la multitud, oà una voz femenina que decÃa: «No creo que haya puesto mi dinero en el bolso. ¡ParÃs está repleto de gente asÃ!». Pero salà con la conciencia más liviana que habÃa tenido en mucho tiempo. TodavÃa quedaba por delante la delicada misión de donar la suma recuperada a los ricos que la merecÃan. Otra vez puse mi confianza en la inspiración del momento y otra vez el destino me sonrió. Un aguacero me obligó, dos dÃas después, a refugiarme en una de las iglesias históricas de la orilla izquierda del Sena, en donde me encontré, dedicado a escudriñar las viejas tallas de madera, al barón R., uno de los hombres más ricos y más zarrapastrosos de ParÃs. O era ahora, o nunca. Dándole un fuerte acento americano al francés que yo solÃa hablar con inconfundible acento británico, interrogué al barón sobre la fecha de construcción de la iglesia, las dimensiones y demás pormenores que con seguridad desearÃa conocer un turista americano. Tras recibir la información que el barón estuvo en condiciones de suministrar sin previo aviso, con toda seriedad le puse la moneda de dos francos en la mano y, afirmándole cordialmente que era pour vous, di media vuelta y me marché. El barón se quedó un poco desconcertado, pero aceptó la situación de buen talante. Caminó hasta una cajita adosada a la pared y echó por la ranura los dos francos de Laploshka. Encima de la caja habÃa un letrero: Pour les pauvres de M. le Curé. Aquella noche, en el hervidero de la esquina del Café de la Paix, avisté fugazmente a Laploshka. Me sonrió, alzó un poco el sombrero y se esfumó. No volvà a verlo nunca. Después de todo, el dinero habÃa sido donado a los ricos que lo merecÃan, y el alma de Laploshka descansaba en paz.