Cuentos de humor negro
Cuentos de humor negro Egbert se sirvió el té. Como nada indicaba que el silencio fuera a ser roto por iniciativa de lady Arme, se dispuso a realizar otro esfuerzo heroico.
—Lo que dije al almuerzo tenÃa intenciones puramente académicas —anunció—; pero parece que le das un sentido innecesariamente personal.
Lady Anne continuó atrincherada en el silencio. El pinzón real llenó aquel vacÃo con una perezosa melodÃa de Iphigénie en Tauride. Egbert la reconoció al punto, puesto que era la única tonada que el pinzón sabÃa silbar, y les habÃa llegado con fama de silbarla. Tanto Egbert como lady Anne habrÃan preferido algo salido de The Yeoman of the Guard, la ópera favorita de ambos. En cuestiones artÃsticas tenÃan gustos similares. Se inclinaban por lo honesto y explÃcito en el arte: una lámina, por ejemplo, que pusiera una historia delante de los ojos, con la ayuda generosa del tÃtulo. Un corcel de guerra sin jinete y con los arreos en patente desorden, que entra trastabillando a un patio lleno de pálidas mujeres al borde del desmayo, y con la anotación marginal de «Malas Nuevas», les sugerÃa la clara lectura de algún desastre militar. No les costaba ver lo que querÃa comunicar y podÃan explicarlo a otros amigos de inteligencias más obtusas.