Cuentos de humor negro
Cuentos de humor negro Aburrida y desilusionada con el rumbo de su nueva vida, Vanessa no ocultó su complacencia cuando la distracción se le apareció en la persona del señor Dobrinton, a quien toparon por casualidad en la rústica hostería de una olvidada población del Cáucaso. Dobrinton se esmeraba en ser británico, acaso por consideración a la memoria de su madre, cuyo ancestro decían que derivaba en parte de una institutriz inglesa que había llegado a Lemberg allá por el siglo pasado. Si alguien lo hubiera llamado Dobrinski estando él desprevenido, es probable que hubiera contestado sin vacilación; pero juzgando, sin lugar a dudas, que la puntada final es la que importa, se había tomado una pequeña libertad con el patronímico de la familia. De aspecto, el señor Dobrinton no era un ejemplar masculino demasiado atractivo; pero a los ojos de Vanessa era un vínculo con la civilización que Clyde parecía tan dispuesto a dejar y olvidar. Sabía cantar Yip-I-Addy y hablaba de varias duquesas como si las conociera y, en los momentos de mayor inspiración, como si ellas lo conocieran a él. Llegaba incluso a señalarles tachas a las cocinas o las cavas de algunos de los más venerables restaurantes londinenses, en una suerte de «crítica superior» que Vanessa escuchaba llena de anonadada admiración. Y, sobre todo, compartía, al principio con discreción, después con mayor desparpajo, su irritable desagrado por los instintos trashumantes de Clyde. Ciertos negocios relacionados con pozos de petróleo llevaron a Dobrinton a las inmediaciones de Bakú. El placer de resultarle interesante a una audiencia femenina apreciativa lo indujo a desviar el viaje de regreso, para de ese modo coincidir cuanto fuera posible con el itinerario de sus nuevos amigos. Y mientras Clyde traficaba con negociantes persas de caballos, perseguía puercos monteses hasta sus cubiles o completaba sus apuntes sobre las aves de caza de Asia Central, Dobrinton y la dama discutían la ética del decoro en el desierto desde puntos de vista que cada día mostraban una mayor tendencia a converger. Y una noche Clyde cenó a solas, leyendo entre plato y plato una extensa carta de Vanessa en la que justificaba el acto de alzar el vuelo hacia tierras más civilizadas en compañía de un ser más compatible.