Cuentos de humor negro

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Y así, en la estrechez de una choza de montaña, el mal mezclado trío padecía el insufrible paso de las horas. Dobrinton estaba demasiado asustado para tener ganas de conversar, Vanessa demasiado mortificada para abrir los labios y Clyde andaba de un humor silencioso. En una ocasión, el menudo négociant de Lemberg cobró ánimos para cantar una trémula versión de Yip-I-Addy; pero cuando llegó a la frase de «nunca fue así el hogar», con ojos anegados Vanessa le rogó que no siguiera. Y el silencio envolvió con creciente insistencia a aquellos tres cautivos que de modo tan trágico habían sido agrupados. Tres veces al día se arrimaban entre sí para ingerir la comida que les habían preparado, como animales del desierto que se juntan en silenciosa suspensión de hostilidades en el abrevadero, y luego se apartaban para reanudar la vigilia de la espera.

A Clyde lo cuidaban con menos atención. «Los celos lo mantendrán al lado de la mujer», pensaban los captores kurdos. Ignoraban que un amor más salvaje y sincero lo llamaba con mil voces, más allá de los límites de la aldea. Y una noche, al descubrir que no recibía la atención debida, Clyde se escabulló montaña abajo y reemprendió el estudio de las aves de caza del Asia central. En adelante los otros cautivos fueron custodiados con mayor rigor; pero de todos modos Dobrinton lamentó poco la partida de Clyde.


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