La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne —Los médicos han coincidido en prescribirme un reposo total, abstención de excitación mental y evitar toda suerte de ejercicio físico violento —anunció Framton, que se afanaba en la ilusión, tolerablemente extendida, de que los extraños absolutos y los conocimientos casuales sienten avidez por los menores detalles de los alifafes y dolencias que le aquejan a uno, sus causas y su tratamiento—. En cuanto a la dieta, no están muy de acuerdo —concluyó.
—¿No? —dijo la señora Sappleton con una voz que sólo en el último momento reemplazó a un bostezo. Luego, su atención se avivó con súbita alerta… pero no hacia lo que decía Framton.
—¡Ahí están, por fin! —exclamó—. ¡Justo a tiempo para el té! Y parece que vienen cubiertos de barro hasta los ojos.
Framton sintió un leve escalofrío y se volvió hacia la sobrina con una mirada que intentaba transmitir una comprensiva simpatía. La joven tenía la mirada fija en la puerta abierta con un aterrado azoramiento reflejado en sus ojos. En un estremecedor impulso de inefable pavor, Framton osciló sobre su asiento y miró en la misma dirección.