La reticencia de Lady Anne

La reticencia de Lady Anne

En medio de la creciente oscuridad del crepúsculo tres figuras marchaban por el prado en dirección a la puerta; las tres llevaban escopetas bajo el brazo y una de ellas iba cargada además con un capote blanco colocado sobre los hombros. Un agotado spaniel castaño les pisaba los talones. Se acercaron a la casa sin hacer ruido y entonces una ronca voz juvenil elevó su canto en medio de las tinieblas:

—He dicho, Bertie, ¿por qué brincas?

Framton aferró enloquecidamente su bastón y su sombrero. El vestíbulo, el sendero de grava y la puerta principal fueron etapas oscuramente percibidas en su presurosa retirada. Un ciclista que circulaba por la calle hubo de precipitarse sobre un seto para evitar la inminente colisión.

—Ya estamos aquí, querida —dijo el portador del mackintosh blanco, traspasando la puerta—. Un tanto embarrados pero pasablemente secos. ¿Quién era ese que salió como un rayo al entrar nosotros?

—Un hombre muy singular, un tal señor Nuttel —dijo la señora Sappleton—. No sabe hablar más que de sus enfermedades y salió como una exhalación sin una palabra de despedida ni excusa al llegar vosotros. Cualquiera diría que ha visto un fantasma.


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