La reticencia de Lady Anne

La reticencia de Lady Anne

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Nunca toleraba que la gallina asistiera al culto de Sredni Vashtar. Mucho tiempo atrás, Conradin había llegado a la conclusión de que la gallina era anabaptista. No pretendía él tener la más remota idea de cómo era un anabaptista pero abrigaba la esperanza de que fuera algo reprensible y poco respetable. La señora De Ropp era la referencia en que él basaba y detestaba toda respetabilidad.

Transcurrido un cierto tiempo, la fascinación de Conradin por la caseta de herramientas empezó a llamar la atención de su tutora. “No le conviene andar trasteando por ahí haga el tiempo que haga”, decidió enseguida, y una mañana, durante el desayuno anunció que había vendido la gallina y se la habían llevado la noche anterior. Escrutó el rostro de Conradin con sus ojos miopes, a la espera de un estallido de rabia y dolor que se hallaba pronta a rebatir con un gran caudal de excelentes preceptos y razonamientos. Pero Conradin nada dijo; no había cosa alguna que decir. Algo, tal vez, en la palidez de su rostro le originó un momentáneo escrúpulo de conciencia, pues aquella tarde, con el té, había tostadas, una exquisitez que habitualmente estaba proscrita, sobre la base de que le sentaban mal al niño, además de que hacerlas “causaba molestias”, un pecado mortal a sus femeninos ojos de clase media.

—Creí que te gustaban las tostadas —exclamó con aire ofendido al ver que el muchacho no las tocaba.


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