La reticencia de Lady Anne

La reticencia de Lady Anne

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—En ocasiones —dijo Conradin.

Aquella tarde, en el cobertizo, hubo una innovación en la liturgia de la deidad de la conejera. Conradin había solido cantar sus alabanzas; aquella noche le pidió una merced.

—Haz una cosa por mí, Sredni Vashtar.

La cosa no quedó especificada. Toda vez que Sredni Vashtar era un dios había que dar por descontado que debería saberlo. Y conteniendo un sollozo al mirar hacia el otro rincón, vacío, Conradin retornó al mundo que tanto odiaba.

Y todas las noches en la acogedora tiniebla de su habitación y todas las tardes en la penumbra del cobertizo de los aperos se elevaba la amarga letanía de Conradin:

—Haz una cosa por mí, Sredni Vashtar.

La señora De Ropp advirtió que las visitas al cobertizo no cesaban y cierto día hizo una nueva gira de inspección.

—¿Qué guardas en esa conejera cerrada? —preguntó—. Parece que son cobayas. Yo me encargaré de que desaparezcan.


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