La reticencia de Lady Anne

La reticencia de Lady Anne

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Conradin apretó los labios con firmeza pero la Mujer registró su habitación hasta dar con la llave cuidadosamente escondida y se dirigió al instante hacia el cobertizo a completar su hallazgo. Era una tarde fría y Conradin había recibido la orden de no abandonar la casa. Desde la ventana del extremo del comedor se podía ver la puerta del cobertizo, más allá del ángulo de la maleza, y allí se apostó Conradin. Vio entrar a la Mujer y se la imaginó luego abriendo la puerta de la sagrada conejera y escudriñando con sus ojos miopes el espeso lecho de paja en que yacía oculto su dios. Tal vez, en su desmañada impaciencia, se pusiera a dar pinchazos en la paja con alguna cosa y Conradin exhaló fervientemente su plegaria por última vez. Pero en el momento de la súplica supo que no tenía fe. Supo que la Mujer saldría al instante con aquella sonrisa fruncida, que tanto detestaba, en su rostro y que una hora o dos más tarde el jardinero se llevaría a su maravilloso dios, ya nunca más un dios sino un simple hurón pardo dentro de una jaula. Y supo que la Mujer triunfaría siempre, como triunfaba en ese momento, y que él crecería aún más lánguidamente bajo su vejatorio, oprimente y superior sentido común, hasta que un día nada tendría ya mayor importancia para él y se confirmaría la opinión del doctor. Lacerado y afligido por su derrota comenzó a cantar en voz alta y desafiante el himno de su amenazado ídolo:


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