La reticencia de Lady Anne

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Al llegar a este punto cesó súbitamente en su canto y se aproximó aún más al cristal de la ventana. La puerta del cobertizo hallábase aún entornada, tal como había quedado, y los minutos fueron deslizándose. Fueron unos minutos largos, pero se deslizaron no obstante. Vio a los estorninos saltando y volando en pequeños grupos por el césped; los contó una y otra vez, siempre con un ojo puesto en la bamboleante puerta. Una doncella de cara avinagrada entró a poner la mesa para el té y Conradin aún continuaba erguido y esperaba y observaba. La esperanza había ido abriéndose paso poco a poco en su corazón y en aquel momento una mirada de triunfo empezó a fulgurar en sus ojos, que sólo habían conocido la anhelante paciencia de la derrota. En voz baja, con una exultación furtiva, comenzó una vez más el peán de la victoria y la devastación y al instante sus ojos se vieron recompensados: a través de aquella puerta surgió un animal alargado, de corta talla, amarillo y pardo, de ojos entrecerrados a la menguante luz del día y manchas húmedas y oscuras sobre el pelaje todo en derredor de las fauces y el pescuezo. Conradin cayó de rodillas. El majestuoso hurón se encaminó hacia un pequeño arroyo que corría por un extremo del jardín, bebió durante unos momentos y se perdió de vista entre los arbustos. Tal fue el tránsito de Sredni Vashtar.

—El té está servido —dijo la doncella de rostro avinagrado—. ¿Dónde está la señora?


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