La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne —Fue al cobertizo hace ya rato —dijo Conradin.
Y mientras la doncella iba a llamar a su señora para el té Conradin pescó un tostador del cajón del aparador y se puso a tostar un trozo de pan. Y mientras lo tostaba y untaba de mantequilla, con mucha mantequilla, y lo degustaba lentamente, Conradin oÃa los ruidos y los silencios que se abatÃan con súbitos espasmos al otro lado de la puerta del comedor. Los horrÃsonos y disparatados alaridos de la doncella, la respuesta coral de asombradas exclamaciones procedentes de la zona de cocinas, los pasos intermitentes y las presurosas embajadas para recabar auxilio del exterior y luego, tras un momento de calma, los alarmados sollozos y el arrastrar de pies de los que transportaban una pesada carga al interior de la casa.
—¿Quién le dará la noticia al pobre niño? ¡Por mi vida que yo no soy capaz! —exclamó una voz aguda. Y mientras debatÃan el asunto entre ellos Conradin se preparó otra tostada.