La reticencia de Lady Anne

La reticencia de Lady Anne

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—¿Podrías hacerte con el frasco si te lo lanzo? —preguntó Ulrich de pronto—. Contiene buen vino y hay que tratar de aguantar lo mejor posible. Bebamos, incluso a pesar de que uno de los dos muera esta noche.

—No, apenas puedo ver; tengo mucha sangre apelmazada encima de los ojos —dijo Georg—; y, en cualquier caso, no bebo vino con un enemigo.

Ulrich permaneció en silencio algunos minutos, escuchando el fatigoso alarido del viento. En su cerebro, lentamente, iba surgiendo y agrandándose una idea que ganaba en pujanza cada vez que miraba de soslayo al hombre que luchaba tan ceñudamente contra el dolor y la fatiga. En medio del dolor y la lasitud que el propio Ulrich sentía, el feroz odio de antaño parecía ir apagándose.

—Vecino —dijo al poco—, haz como te plazca si tus hombres llegan primero. El trato era justo. Por lo que a mí respecta he cambiado de opinión. Si mis hombres llegan antes será a ti a quien primero socorrerán, como huésped mío. Nos hemos peleado como demonios toda nuestra vida por esta estúpida franja de bosque, donde los árboles ni siquiera resisten en pie una ráfaga de viento. Tendido aquí esta noche, pensando, he llegado a la conclusión de que hemos sido unos necios; hay cosas mejores en la vida que ganar una disputa sobre linderos. Vecino, si me ayudas a enterrar nuestra vieja querella, yo… yo te rogaré que seas mi amigo.


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