La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne —Porque los cerdos se las habían comido todas —replicó prontamente el joven—. Los jardineros le habían advertido al príncipe que no es posible tener cerdos y flores, así que aquél decidió tener cerdos y no flores.
Hubo un murmullo de aprobación ante la excelente decisión del príncipe; mucha gente habría optado por la otra posibilidad.
—En el parque había montones de muchas otras cosas deliciosas. Había estanques con peces dorados y azules y verdes, y árboles con bellísimos papagayos que decían espontáneamente frases agudas y colibríes que entonaban todas las melodías populares del momento. Bertha paseaba por doquiera y disfrutaba enormemente, y pensaba para sus adentros: “Si no fuera tan extraordinariamente buena no me habrían permitido entrar en este hermoso parque y gozar de todo cuanto en él se ve”, y sus medallas tintineaban unas con otras al caminar y le ayudaban a recordar lo buenísima que en verdad era. En aquel momento, un enorme lobo se colaba en el parque a ver si lograba atrapar un lechoncito bien gordo para la cena.
—¿De qué color era? —preguntaron los niños, en medio de un súbito arranque de interés.