La reticencia de Lady Anne

La reticencia de Lady Anne

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—Tu voz no suena como la de la tía —objetó Nicholas—; tú debes ser el Maligno, tentándome para que sea desobediente. La tía me dice a menudo que el Maligno me tienta y que yo siempre caigo. Esta vez no voy a caer.

—No digas tonterías —respondió la prisionera del depósito—; ve y trae la escalera.

—¿Habrá mermelada de fresas para el té? —preguntó Nicholas inocentemente.

—Por supuesto que la habrá —dijo la tía, decidiendo para sus adentros que Nicholas ni la probaría.

—Ahora sé que eres el Maligno y no mi tía —exclamó Nicholas jubilosamente—. Cuando le pedimos ayer a la tía mermelada de fresas dijo que no había. Yo sé que hay cuatro tarros en la despensa porque los he visto y por supuesto tú sabes que están allí, pero ella no lo sabe, porque dijo que no había ninguno. ¡Ah, Demonio, te has delatado tú solo!

Había una insólita fruición en poder hablar a una tía como si se estuviera hablando con el Maligno pero Nicholas sabía, con su infantil discernimiento, que tales fruiciones no iban a ser perdonadas. Se alejó de allí ruidosamente y fue una doncella que iba en busca de perejil quien, por pura casualidad, rescató a la tía del depósito de agua de lluvia.


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