La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne —¡Nicholas, Nicholas! —gritaba—. Debes salir de ahà al instante. Es inútil que te escondas ahÃ, puedo verte cuando quiera.
Probablemente era la primera vez en veinte años que alguien sonreÃa en aquel cuarto trastero.
Al poco, las irritadas reiteraciones del nombre de Nicholas dejaron paso a un alarido y a una estentórea llamada para que alguien acudiera inmediatamente. Nicholas cerró el libro y sacudió sobre él parte del polvo de una pila de periódicos próxima y lo repuso en su lugar. Luego salió de la habitación, echó la llave a la puerta y volvió a colocarla exactamente donde la habÃa encontrado. La tÃa estaba aún pronunciando a gritos su nombre cuando el niño apareció displicentemente en el jardÃn delantero.
—¿Quién llama? —preguntó.
—Yo —le llegó la respuesta desde el otro lado del muro—. ¿No me oÃas? Estaba buscándote en el huerto de las grosellas y me he caÃdo en el depósito del agua de lluvia. Afortunadamente no tiene agua, pero las paredes están resbaladizas y no puedo salir. Trae la escalera que está debajo del cerezo…
—Me han dicho que no entre en el huerto de las grosellas —replicó Nicholas rápidamente.
—Fui yo quien te dijo que no entraras y ahora te digo que puedes entrar —le llegó la voz desde el depósito de agua de lluvia, un tanto impaciente.