La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne Pero había otros objetos deliciosos e interesantes que reclamaban su atención: unos singulares candelabros retorcidos en forma de serpiente y una tetera que remedaba un pato de porcelana, por cuyo pico abierto era presumible que brotara el té. ¡Qué deslucida y disforme parecía, en comparación, la tetera con que le servían a él! Y había una caja de madera de sándalo tallada, envuelta ceñidamente con aromático algodón crudo, y entre las capas de algodón había pequeñas figuritas de latón, toros gibosos, pavos reales y duendes, todos ellos gratos a la vista y al tacto. Menos prometedora en apariencia era una gran caja cuadrada de lisas tapas negras. Nicholas echó un vistazo y hete aquí que estaba llena de polícromos grabados de aves. ¡Y qué aves! En el jardín y en los senderos por los que Nicholas solía pasear se había encontrado con algunos pájaros, entre los cuales los más grandes eran alguna ocasional urraca o una paloma torcaz; aquí había garzas y avutardas, milanos, tucanes, alcaravanes, urogallos, íbises, faisanes dorados, una completa galería de retratos de criaturas inimaginables. Y mientras admiraba el colorido del pato mandarín y le imputaba una biografía, la voz de su tía, vociferando su nombre de modo estridente, le llegó desde los confines del huerto de las grosellas. La sospecha se había ido abriendo paso en la mujer ante tan prolongada desaparición y había llegado a la conclusión de que el niño había saltado la valla al amparo del seto de lilos; en aquellos momentos hallábase empeñada en una búsqueda impetuosa y un tanto desesperanzada entre las alcachofas y los varales de frambuesas.