La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne Nicholas había imaginado una y otra vez cómo sería el cuarto trastero, aquella región tan cuidadosamente precintada para los ojos juveniles y respecto a la cual las preguntas no obtenían respuesta. Aquello estaba a la altura de sus expectativas. En primer lugar era amplio y estaba tenuemente iluminado, ya que la única fuente de luz la proporcionaba una alta ventana que daba sobre el jardín prohibido. En segundo lugar, era un cúmulo de tesoros inimaginados. La autoproclamada tía era una de esas personas que piensan que las cosas se desgastan con el uso y las relegan al polvo y la humedad como forma de preservarlas. Las zonas de la casa que Nicholas conocía mejor eran un tanto desoladas y tristonas pero aquí había cosas maravillosas para deleite de la vista. Ante todo y lo primero, había un tapiz enmarcado que evidentemente aspiraba a ser una mampara. Para Nicholas era una historia viva, palpitante; se sentó sobre un hato de cortinas indias, esplendentes de colores maravillosos bajo una capa de polvo, y se absorbió en cada detalle de las imágenes del tapiz. Un hombre, ataviado con ropas de caza de algún remoto pasado, acababa de atravesar a un ciervo con una flecha; no debía haber sido un tiro muy difícil porque el ciervo estaba a sólo uno o dos pasos de él; en medio de la espesa vegetación que sugería el dibujo no debía haber sido difícil acercarse a un ciervo que corre y era evidente que los dos perros moteados que se unían impetuosamente a la persecución habían sido entrenados para seguir la pista hasta el momento de disparar el dardo. Aquella parte de la imagen era manifiesta aunque interesante, pero, ¿veía el cazador, como los veía Nicholas, a aquellos cuatro lobos que, por el bosque, se abalanzaban hacia él a toda carrera? Debía haber más que aquellos cuatro ocultos entre los árboles y, en cualquier caso, ¿serían capaces el hombre y sus perros de habérselas con los cuatro lobos si le atacaban? Al hombre sólo le quedaban dos flechas en su aljaba y podía errar el tiro con una de ellas o con ambas; todo cuanto era posible saber acerca de su habilidad como tirador era que le había dado a un ciervo enorme a una distancia ridículamente corta. Nicholas permaneció sentado durante largos y extáticos minutos barajando las posibilidades de la escena; sentíase inclinado a pensar que había más de cuatro lobos y que el hombre y sus perros se hallaban en un aprieto.