La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne Nicholas hizo una o dos salidas al jardÃn delantero siguiendo una sinuosa trayectoria, con obvio recato de sus intenciones, en dirección hacia una u otra de las puertas, pero incapaz por el momento de burlar la vigilancia de la tÃa. En realidad, no tenÃa la menor intención de entrar en el huerto de las grosellas pero era extremadamente conveniente para él que su tÃa creyera que la tenÃa; dicha creencia la mantendrÃa en su autoimpuesta tarea de centinela durante la mayor parte de la tarde. Tras confirmar y fortalecer plenamente las sospechas de la tÃa, Nicholas regresó solapadamente a la casa y puso en práctica inmediatamente un plan de acción que habÃa germinado largamente en su cabeza. En la biblioteca, encaramándose a una silla, era posible alcanzar una repisa en la que se encontraba una gran llave de relevante aspecto. La llave era todo lo relevante que su aspecto delataba; era el instrumento que ponÃa a salvo de incursiones no autorizadas los misterios del cuarto trastero, franqueando el paso a las tÃas y a otras personas igualmente privilegiadas. Nicholas no tenÃa mucha experiencia en el arte de encajar las llaves en las cerraduras y hacerlas girar pero en los dÃas precedentes habÃa practicado un poco con la llave de la puerta del cuarto de estudio; no era amigo de confiar en la suerte y el azar. La llave giró con dificultad en la cerradura, pero giró. La puerta se abrió y Nicholas se halló en un territorio desconocido, comparado con el cual el huerto de las grosellas era un deleite rancio, un mero placer material.