La reticencia de Lady Anne

La reticencia de Lady Anne

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Nicholas no acababa de admitir que el argumento fuera concluyente; se sentía perfectamente capaz de estar al mismo tiempo castigado y en el huerto de las grosellas. Su rostro adoptó una expresión de ingente contumacia. Para la tía quedó claro que el niño estaba decidido a entrar en el huerto de las grosellas “sólo”, tal como se decía para sus adentros, “porque le he dicho que no entre”.

El huerto de las grosellas tenía dos puertas de acceso y quienquiera que se hubiera deslizado dentro y fuera de reducido tamaño, como era Nicholas, podía desaparecer fácilmente de la vista entre las embozadoras plantaciones de alcachofas, los varales de frambuesas y otros arbustos frutales. La tía tenía muchas otras cosas que hacer aquella tarde pero dedicó una o dos horas a realizar triviales operaciones de jardinería entre los macizos y planteles de flores, desde donde tenía a la vista las dos puertas que conducían al paraíso prohibido. Era una mujer de escasas ideas pero de una gran capacidad de concentración.






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