La reticencia de Lady Anne

La reticencia de Lady Anne

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Al llegar el momento de la partida, el rostro de Nicholas fue escrutado en busca de algunas lágrimas decorosas. La realidad fue, sin embargo, que todo el llanto lo puso su primita, que se desolló la rodilla dolorosamente contra el estribo del carruaje al encaramarse a él.

—Qué alaridos daba —dijo Nicholas regocijado, en el momento en que el grupo inició la marcha desprovisto de esa exaltación de los ánimos que debería haber estado presente.

—Se le pasará enseguida —dijo la soi-disant tía—; va a ser una tarde gloriosa para corretear por esa hermosísima playa. ¡Cómo van a disfrutar!

—Bobby no disfrutará mucho, ni va a correr mucho tampoco —dijo Nicholas con una torva risita—; las botas le hacen daño. Le aprietan demasiado.

—¿Por qué no me dijo que le hacían daño? —preguntó la tía con una cierta aspereza.

—Te lo dijo dos veces, pero tú no le escuchabas. Ocurre con frecuencia que no nos escuchas cuando te decimos algo importante.

—Te abstendrás de entrar en el huerto de las grosellas —dijo la tía cambiando de tema.

—¿Por qué? —preguntó Nicholas.

—Porque estás castigado —dijo pomposamente la tía.


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