La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne El muchacho se volvió como un relámpago, se zambulló en la alberca y en un instante impulsó su cuerpo húmedo y reluciente hasta medio camino de la orilla en que se encontraba Van Cheele. En una nutria el movimiento no hubiera resultado destacable; en un muchacho, Van Cheele lo halló un tanto sobrecogedor. Le resbaló el pie al hacer un ademán de retroceso y se encontró casi tendido sobre la escurridiza ribera cubierta de hierba con aquellos atigrados ojos amarillentos no muy distantes de él. Casi instintivamente levantó el brazo a medias hacia la garganta. El muchacho volvió a reírse, con una risa en la que el gruñido casi había hecho desaparecer el cloqueo y luego, con uno de aquellos movimientos asombrosamente fulgurantes, se precipitó fuera de su vista a través de la dúctil espesura de maleza y helechos.
—¡Qué animal tan extraordinariamente salvaje! —exclamó Van Cheele mientras se enderezaba. Y recordó entonces la observación de Cunningham: “En sus bosques hay un animal salvaje”.
Caminando lentamente hacia la casa, Van Cheele empezó a dar vueltas en su cabeza a diversos acontecimientos locales que podían dar alguna pista de la existencia de este pasmoso muchacho asilvestrado.