La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne Egbert entró en el gabinete, espacioso y sucintamente iluminado, con el aire de un hombre que no está seguro de si se adentra en un palomar o en una fábrica de bombas y se halla preparado para ambas eventualidades. El insignificante altercado doméstico habido ante la mesa del almuerzo habíase disputado sin llegar a término definitivo y el problema era saber hasta qué punto lady Anne se hallaba en disposición de reiniciar o cesar las hostilidades. Su postura en el sofá, junto a la mesa del té, era de una rigidez un tanto artificiosa; en la penumbra de un atardecer de diciembre los quevedos de Egbert no le eran materialmente de gran utilidad para distinguir la expresión de su rostro.
