La reticencia de Lady Anne

La reticencia de Lady Anne

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En un intento por romper cualquier hielo que pudiera flotar en la superficie formuló una observación acerca de una tenue luz litúrgica. Lady Anne o él mismo solían hacer esta observación entre las 4.30 y las 6 de las tardes de invierno o de fines de otoño; formaba parte de su vida conyugal. No existía una réplica establecida para ella y lady Anne no dio ninguna. Don Tarquinio estaba tumbado sobre la alfombra, al amor de la chimenea, con una soberbia indiferencia ante el posible malhumor de lady Anne. Su pedigree era tan intachablemente persa como el de la alfombra y su piloso collarín entraba en la gloria de su segundo invierno. El joven criado, que tenía tendencias renacentistas, le había acristianado como Don Tarquinio. Abandonados a sí mismos, Egbert y lady Anne infaliblemente le habrían puesto Fluff, pero no eran obstinados.

Egbert se sirvió un poco de té. Como no había la menor traza de que el silencio se rompiera a iniciativa de lady Anne, se armó de valor para realizar otro yermáqueo esfuerzo[1].

—La observación que hice durante el almuerzo tenía una intención puramente académica —anunció—; pareces atribuirle una significación innecesariamente personal.


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