La reticencia de Lady Anne

La reticencia de Lady Anne

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—¿Qué hay escrito allí? —preguntó volviéndose hacia Crefton.

—Vote a Soarker —respondió éste con la pusilánime osadía de los pacificadores experimentados.

La anciana rezongó algo y el refunfuño, junto con su viejo pañolón rojo, se perdieron gradualmente entre los árboles. Crefton se incorporó al instante y se encaminó hacia la casa. De algún modo, buena parte de la paz parecía haberse esfumado del ambiente.

El alegre bullicio de la hora del té en la cocina, que Crefton había encontrado tan placentero en tardes anteriores, parecía haberse agriado hoy en una cierta desazón melancólica. En torno a la mesa reinaba un lánguido y penoso silencio y el propio té, cuando Crefton lo probó, era una insulsa y tibia cocción que habría alejado todo ánimo de juerga de un carnaval.

—No sirve de nada quejarse del té —dijo prontamente la señora Spurfield, al quedarse su huésped contemplando la taza con aire de cortés interrogante—. El agua no llega a hervir en la marmita, esa es la pura verdad.

Crefton se volvió hacia el hogar, donde un fuego insólitamente vivo hallábase cubierto por una marmita negra que dejaba escapar una fina espiral de vapor por un resquicio pero que, por lo demás, parecía ignorar la acción de la crepitante hoguera que tenía debajo.


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