A la conquista de un imperio

A la conquista de un imperio

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El pobre ministro, comprendiendo que perdería inútilmente el tiempo, se dejó caer de nuevo en la silla, lanzando un suspiro tan profundo que hubiera conmovido a un tigre, pero que no hizo ningún efecto en el ánimo del endiablado portugués.

Fuera del templo encontraron a Kammamuri siempre sentado ante una mata, con su gorro rojo y azul en la cabeza, el cuerpo envuelto en un simple trozo de tela, con una corona y un bastón en la mano: era el traje de los faquires biscnub, una especie de peregrinos errantes, que gozan de gran consideración en la India, por haber pertenecido casi todos ellos a clases acomodadas.

—¿Nada de nuevo, amigo? —le preguntó Yáñez.

—Sólo he oído los aullidos desafinados de un par de chacales que se han divertido ofreciéndome, sin que nadie se lo pidiera, una serenata aburridísima.

—Síguenos a distancia y recoge los comentarios que oigas. Si no puedes seguir nuestro mail-cart[14] no importa. Nos veremos más tarde.

—Sí, señor Yáñez.

El portugués y sus dos amigos se dirigieron hacia un grupo de palmas ante el que se encontraba un vehículo ligero, de los que los indios llaman mail-cart, y que se utilizan en general para servicios postales.


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