A la conquista de un imperio

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—Ten un poco de paciencia, hermano —dijo Yáñez—. Dígame ahora, excelencia, ¿harán investigaciones para descubrir a los autores del robo?

—Pondrán patas arriba toda la ciudad y lanzarán al campo toda la caballería.

—Entonces, podemos estar seguros de que no nos molestarán —dijo el portugués, sonriendo—. Son ya las ocho: podemos ir a ver a Surama y dar una vuelta por la ciudad. Así veremos el efecto que ha hecho el robo de la famosa piedra. Descolgó de la pared otro par de pistolas, que introdujo en su ancha faja roja, se puso en la cabeza un salacot de tela blanca adornado con un velo azul, que le daba el aspecto de un verdadero inglés de viaje por el mundo, y se dispuso a salir junto con Sandokán y Tremal-Naik, que también se habían provisto de armas.

—¿Y yo, milord? —preguntó el ministro.

—Usted, excelencia, se quedará aquí, con una buena guardia. No hemos terminado aún nuestros asuntos, y además, si le pusiéramos en libertad, correría en seguida a avisar al príncipe.

—Aquí me aburro y tengo asuntos muy importantes que despachar. Soy el primer ministro de Assam.

—Lo sabemos, excelencia. Por otra parte, si quiere ahuyentar el aburrimiento, fume, beba y coma. No tiene más que pedir.


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