A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Un espléndido vestido de seda roja, con bordados en azul cubrÃa su cuerpo, esbelto como un junco, pero exquisitamente moldeado, dejando ver el extremo de los pantalones de seda blanca que se ensanchaban sobre dos graciosas babuchas de piel roja con bordados de plata y punta levantada.
—¡Ah! ¡Mis queridos amigos! —exclamó, dirigiéndose a ellos con las manos extendidas. ¡También tú, Tremal-Naik! ¡Qué contenta estoy de volver a verte! Estaba segura de que acudirÃas a la llamada de tus antiguos compañeros.
—Cuando se trata de dar un trono a Surama, Tremal-Naik no permanece ocioso —contestó el bengalÃ, estrechando calurosamente la mano de la bella india—. Si Moreland y Darma no estuvieran de viaje por Europa, también les tendrÃamos con nosotros.
—Me hubiera gustado mucho ver a tu hija Darma.
—La recibirás en tu corte cuando vuelva —dijo Yáñez—. Vamos, Surama, ofrece algo de beber a los amigos. Las calles de Gauhati son muy polvorientas y la garganta se seca en seguida.
—Para ti, mi dulce señor, tu licor favorito —dijo la joven, cogiendo el frasco y llenando los vasos de cristal rosa de un licor color ámbar.
—A la salud de la futura princesa del Assam —dijo Sandokán.
—No tan de prisa —contestó Surama, riendo.