A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Pero una joven abrió inmediatamente la puerta, diciendo:
—Entra, sahib: te espera.
Yáñez y sus compañeros se encontraron en un salón elegantísimo, con las paredes tapizadas de seda azul y el pavimento cubierto con un delgado colchón que se extendía hasta las cuatro esquinas.
Todo alrededor había divanes de seda con bordados de oro y de plata de exquisita factura, y grandes almohadones de raso floreado apoyados contra las paredes, para que los visitantes pudieran tenderse cómodamente.
A un metro de altura, se abrían en las paredes varios nichos en los que había jarrones chinos llenos de flores que exhalaban vivos perfumes.
Ningún mueble, en cambio, excepto un escabel colocado en el centro de la habitación sobre el que se veían vasos y un frasco de cristal rojo, de cuello larguísimo, metido en una funda de oro cincelado.
Una bellísima joven, de piel ligeramente bronceada, facciones dulces y finas, ojos negrísimos y cabellos largos, trenzados con flores de mussenda[15], se puso en pie con presteza.