A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Es inútil que lo intentes, amigo —dijo Sandokán—. Sabremos algo cuando llegue el momento de lanzar contra la guardia del rajá a nuestros treinta hombres y de desenvainar nuestras cimitarras. ¿No es verdad, Yáñez?
—Sà —contestó el portugués, sonriendo—. Pero ese dÃa no está aún muy cerca. Con Sindhia hemos de proceder con cautela. No debemos olvidar que estamos solos y no podemos contar con la ayuda del Gobierno inglés. Pero, asà y todo, no dudemos del resultado final. Surama tendrá su corona o no volveremos a ser los terribles tigres de Mompracem.
—La compartirás conmigo, ¿no es cierto, mi señor? —preguntó la joven, clavando en el portugués sus profundos y dulcÃsimos ojos.
—¡Yo! Serás tú quien me dé un trozo, muchacha.
—Toda, junto con mi corazón.
—Está bien; pero esperemos a quitarla de la cabeza de aquel canalla. Pagará cara la mala acción que cometió contigo. El te vendió como una miserable esclava a los thugs, para convertirte a ti, una princesa, en una bayadera; un dÃa le venderemos a él.
—Si no acaba como el Tigre de la India —dijo Sandokán con acento casi feroz—. ¡Yo también estaré aquà para ese dÃa!