A la conquista de un imperio

A la conquista de un imperio

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—Tú nombrar mí tu gran cazador, y yo matar los tigres que comen a tus súbditos. Eso es lo que yo querer.

El rajá había hecho un gesto de estupor, imitado por sus ministros, y no le faltaba razón para mostrarse sorprendido.

—¡Cómo! ¿Aquel inglés original, en lugar de pedir recompensas, se ofrecía a prestar un servicio precioso, como la destrucción de las fieras que causaban tantos daños y tantas angustias a los pobres campesinos assameses?

—Milord —dijo el rajá, tras un silencio bastante largo—, yo he ofrecido honores y riquezas a quien recuperara la piedra de salagram.

—Yo saberlo —contestó Yáñez.

—Y no pides nada.

—Yo ser contento cazar bâgh y ser tu gran cazador.

—Si eso puede hacerte feliz, yo te ofrezco habitaciones en mi corte, mis elefantes y mis sikkari[19].

—Gracias, príncipe; yo ser muy satisfecho. El rajá se sacó de un dedo un magnífico anillo de oro con un diamante del tamaño de una avellana y de una maravillosa limpidez —por lo menos valía diez mil rupias—, y lo tendió a Yáñez, diciéndole con una graciosa sonrisa:


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