A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¡El que ha devorado a mis hijos! —gritó Sindhia, pasándose una mano por la frente, que parecÃa cubierta de un sudor helado.
—¿Cómo? ¿Aquel bâgh haber comido…?
—Calla, milord —interrumpió el prÃncipe, casi imperiosamente—. Continúa.
—Tigre no venir y yo esperar —prosiguió Yáñez—. Sol estaba a punto de hacerse ver, cuando yo descubrir cinco indios escapar a través del bosque. DebÃan de ser thugs, porque yo ver en sus costados lazos y pañuelos de seda negros con bolas plomo. Yo odiar aquellos canallas, por eso disparar en seguida carabina, luego pistolas y matarlos todos; después echar cadáveres al rÃo y cocodrilos todo comer.
—¿Y el cofre?
—Haberlo encontrado en tierra.
—¿Y luego?
—Luego, yo haber oÃdo tus pregoneros, y yo traer aquà caracola con el cabello de Visnú porque no saber qué hacer con ella, yo.
—¿Y qué pides ahora, milord? —preguntó Sindhia.
—Yo no querer dinero, yo ser muy rico.
—Pero tienes derecho a una recompensa. La piedra de salagram es para nosotros un tesoro inapreciable.
Yáñez permaneció un momento silencioso, fingiendo meditar, luego dijo: