A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Uno de sus cortesanos, al oÃr aquellas palabras, trajo a Yáñez una silla dorada, haciéndole sentar ante la plataforma.
Casi de inmediato, una decena de servidores, lujosamente vestidos, entraron con bandejas de oro sobre las que se veÃan tazas llenas de café, vasos colmados de licores, platillos con helados y dulces.
El prÃncipe y Yáñez fueron servidos primero, y a continuación los ministros y los malayos de la escolta.
—Y ahora, milord —dijo Sindhia, tras vaciar un par de vasos de coñac, que tragó como si se tratara de agua pura—, me dirás cómo has conseguido sorprender a los ladrones y por qué te encuentras en mi territorio.
—Yo ser venido aquà para cazar los bâgh —contestó Yáñez—, porque yo ser muy gran cazador y no tener miedo de tigres. Yo haber matado muchos, en las Sunderbunds de Bengala.
—¿Y los ladrones?
—Yo emboscarme ayer noche para cazar un bâgh negro y muy grande y…
—¡Un tigre negro! —exclamó el prÃncipe con un sobresalto.
—SÃ.