A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Apenas habĂan sonado las tres de la mañana cuando Yáñez, seguido por Sandokán, Tremal-Naik y los seis malayos, llegaba ante el palacio real, para emprender la caza del terrible kala-bâgh, o sea el tigre negro.
El dĂa anterior habĂan alquilado tres grandes tciopaya, carros indios tirados por una pareja de cebĂşes, ya que no era conveniente que un blanco, inglĂ©s por añadidura, fuese a una cita a pie y sin una escolta numerosa.
El mayordomo mayor de la corte lo habĂa preparado todo para la gran caza.
Tres magnĂficos elefantes, que sostenĂan sobre sus poderosos lomos cĂłmodas plataformas destinadas a los cazadores, sin cĂşpulas para no obstaculizar el fuego de las carabinas, montado cada uno de ellos por un mahout[21], estaban en medio de la plaza, rodeados de una docena de behras —criados que sujetaban una traĂlla de por lo menos cincuenta feĂsimos perros, de baja estatura, incapaces de hacer frente a una bestia tan peligrosa, pero necesarios para hacerla salir.
Detrás de los elefantes habĂa dos docenas de sikkari, ojeadores armados sĂłlo con picas y casi desnudos para escapar más fácilmente despuĂ©s de haber desalojado al animal de su cubil.
—Estamos dispuestos, sahib —dijo el mayordomo, inclinándose profundamente ante Yáñez.
