A la conquista de un imperio

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8. El tigre negro

Apenas habían sonado las tres de la mañana cuando Yáñez, seguido por Sandokán, Tremal-Naik y los seis malayos, llegaba ante el palacio real, para emprender la caza del terrible kala-bâgh, o sea el tigre negro.

El día anterior habían alquilado tres grandes tciopaya, carros indios tirados por una pareja de cebúes, ya que no era conveniente que un blanco, inglés por añadidura, fuese a una cita a pie y sin una escolta numerosa.

El mayordomo mayor de la corte lo habĂ­a preparado todo para la gran caza.

Tres magníficos elefantes, que sostenían sobre sus poderosos lomos cómodas plataformas destinadas a los cazadores, sin cúpulas para no obstaculizar el fuego de las carabinas, montado cada uno de ellos por un mahout[21], estaban en medio de la plaza, rodeados de una docena de behras —criados que sujetaban una traílla de por lo menos cincuenta feísimos perros, de baja estatura, incapaces de hacer frente a una bestia tan peligrosa, pero necesarios para hacerla salir.

Detrás de los elefantes había dos docenas de sikkari, ojeadores armados sólo con picas y casi desnudos para escapar más fácilmente después de haber desalojado al animal de su cubil.

—Estamos dispuestos, sahib —dijo el mayordomo, inclinándose profundamente ante Yáñez.


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