A la conquista de un imperio

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—Y yo ser contentísimo —contestó el portugués, dignándose apenas mirarle—. ¿Buenos elefantes?

—Experimentados y habituados a las grandes cacerías, sahib. Tome el que prefiera.

—Aquel —dijo Tremal-Naik, indicando el más pequeño de los tres paquidermos, macizo, fuerte, con dos colmillos soberbios—. Es un merghee[22] de buena raza.

Los mahouts habían echado las escalas de cuerda.

Yáñez, Tremal-Naik y Sandokán ocuparon sus puestos en la plataforma del merghee, Kammamuri y los malayos en las otras, junto con el mayordomo, que debía dirigir la batida.

—Adelante —dijo Yáñez al mahout. Los tres paquidermos se pusieron en marcha, lanzando tres formidables bramidos, seguidos por los sikkari y los behras con los perros que ladraban alborotadamente.

En menos de media hora la partida estuvo fuera de la ciudad, ya que los elefantes iban a buen paso, obligando a la escolta a correr para no quedarse atrás, y se dirigió a través de los bosques que se extendían casi sin interrupción hasta los alrededores de Kamarpur.

Después de encender su eterno cigarrillo y de beber un buen sorbo de arac, Yáñez se sentó frente a Tremal-Naik, diciéndole:


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