A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Ahora, tú que eres indio y has pasado tantos años en las Sunderbunds nos explicarás qué es ese tigre negro. Nosotros conocemos los de Borneo, y negros no los hemos visto nunca; ¿no es cierto. Sandokán?
—El que nosotros los indios llamamos kala-bâgh no es verdaderamente negro —contestó Tremal-Naik—. Tiene la piel semejante a los demás; pero como son los más feroces, nuestros campesinos creen que encarnan una de las siete almas de la diosa Kali, que, como sabes, se llama también la Negra.
—Entonces sólo se trata de uno de los terribles solitarios a los que los ingleses llaman men’s eater, es decir: comedor de hombres.
—Y que nosotros llamamos admikanevalla o admiwala kanâh.
—Un animal peligroso.
—Terrible, Yáñez —asintió Tremal-Naik—, porque esos tigres son viejos, en general, y por tanto avezados en todas las astucias y de una voracidad espantosa. Como no pueden cazar antÃlopes ni bisontes, por haber perdido agilidad, se emboscan en los alrededores de los pueblos o se esconden en las proximidades de las fuentes, en espera de que las mujeres vayan a coger agua. Son de una prudencia extraordinaria, conocen lugares y personas, y atacan preferentemente a los débiles, huyendo de los que les podrÃan hacer frente.
—¿Viven solos? —preguntó Sandokán.