A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Siempre solos —contestó el bengalÃ.
—Entonces, son difÃciles de capturar.
—Cierto, porque son muy prudentes y tratan de evitar a los cazadores.
—Pero yo necesito cazar este tigre, y lo haremos —dijo Yáñez.
—Te vuelves imposible de contentar, amigo —dijo Sandokán, riendo—. Primero la piedra de salagram, hoy un tigre, ¿qué querrás mañana?
—La cabeza del rajá-contestó Yáñez, bromeando.
—De eso me ocupo yo. Un buen golpe de cimitarra y te la traigo casi viva.
—No cuentas con los sikhs que guardan al prÃncipe.
—¡Ah, sÃ! Ya me has hablado de esos guerreros. ¿Qué clase de gente son, amigo Tremal-Naik? Tú debes de conocerlos.
—Son guerreros valerosos.
—¿Incorruptibles?
—Eso según —contestó el bengal×. No debes olvidar que son mercenarios.
—¡Ya! —exclamó Sandokán.
—¿Qué interés sientes por esos sikhs? —preguntó Yáñez.